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Dios Nunca Cierra La Puerta

Desde que éramos muy jóvenes el mundo de los que manejan a Dios nos dividieron en dos tipos de personas: Los Ovejas descarriadas y las Ovejas dentro del rebaño. Bien por estos últimos, bien por ellos que parecen ser los afortunados y quienes al parecer toda la buena fortuna les sonreirá, bien por ellos que si lloran serán consolados, ellos son los hijos del señor, ellos que rezan, que piden, oran y que golpean su pecho después de arrepentirse una y otra vez por lo mismos pecados que cometen a diario, y que claro, piden por ellos y su salvación, y ahí de vez en cuando nos hacen el favor de pedir por los que no estamos dentro del rebaño. Sin embargo, están los otros, los que por tantas razones olvidaron hablar con Dios, por tantas razones se olvidaron de su padre, de su creador o de la Luz, se olvidaron de saludarle cada mañana, se olvidaron de cada noche decirle gracias, se olvidaron que desde algún lugar del espacio que habitamos Él observa silencioso. Están los que por no comprender la vida decidieron dejar de hablarle a Él, los que le reclamaron, los que no entienden la pobreza, su pobreza, los que luchan con el hambre día a día, los que tienen que trabajar un buen para comer. Pero también están los ricos, que sí, se entiende, rodeado de tantas cosas bellas cómo se iban a acordar de Dios. Y también miles de personas que no quisieron creer en ese Dios inmóvil que sólo espera ser adorado y temido, personas que dejaron de creer, no en Dios, si no en la idea de muchos acerca de lo que Dios es. Porque muchos de nosotros alguna vez hemos dejado a Dios de lado, hemos olvidado quién es el y quiénes somos nosotros. 

 

Y luego, luego llega un momento en que por alguna extraña razón, por necesidad humana o por necesidad espiritual o por la simple necesidad de amar a nuestros padres, nos damos cuenta de que hemos estado muy lejos de él, nos damos cuenta que hace mucho no volteamos a las nubes como cuando éramos niños y esperanzados veíamos deseando ver aquella enorme mano salir de entre ellas. Llega ese momento en que pasamos en frente de un templo y volteamos de reojo, en que observamos ese enorme templo, y quisiéramos tocar a la enorme puerta de madera. Esa necesidad de cerrar los ojos y sentir el viento con el susurro de querer sentir algo más que al viento. Cuando hemos llorado tanto que necesitamos un verdadero gran hombro, cuando hemos reído tanto pero aun así falta algo, hemos gozado tanto pero sigue faltando algo. La necesidad repentina de la que les hablo es tan inexplicable, hermosa y fuerte, pero inexplicable, de sentir bien dentro de nosotros un vacío, qué va más allá del hambre y de la sed, que va más allá de los amigos, de los hijos, de la esposa o del novio.

Y por fin, nos damos cuenta de qué es lo que en realidad necesitamos. Lo queremos a Él con nosotros, tal vez no como otra gente que entrega con total dedicación, tal vez no queremos pasar la vida rezando de ahora en adelante, tal vez no somos los suficientemente dedicados para pensar en Él día a día de manera profunda, pero algo como rencontrarse con un viejo amigo, que alguna vez nos dio la mano y sin saber por qué o cuándo le dejamos atrás.

Pero cómo regresar a Él… como ser una oveja del rebaño otra vez, e incluso, cómo ser por primera vez parte de ese rebaño… ¿He pecado tanto al grado de no ser más digno de Dios? ¿He estado tanto tiempo lejos de ti que me has olvidado? ¿Dónde es que podemos buscarlo? No nos atrevemos a cruzar de nuevo esa puerta por la que alguna vez salimos. ¿Y si de cualquier modo ya estoy condenado a infierno?

Gente, desde mi humilde experiencia, el único verdadero gran infierno que existe es el de no saber que Dios está aquí, ahora, justo arriba de nosotros, a un lado, que Dios está dentro de nosotros, que en realidad nos fuimos de él, pero nunca se fue de nosotros. Nunca realmente estuvimos alejados, y cuando aquella vez pasamos desde lejos y vimos la puerta abierta de la iglesia, cualquier iglesia, la católica, la cristina, los jeovanos, los de la luz, cuando pasamos cerca de cualquier iglesia y dudamos en entrar… Él nos observó con paciencia y sonriendo esperando que algún día nos atreviéramos a regresar, pero siempre por nuestra propia necesidad.

Aquella vez que decidimos salir de Dios, Él jamás cerró la puerta, jamás nos cerró la puerta de su corazón, porque sabía que algún día o que en alguna vida desearíamos regresar a sus manos. Aquella vez que decidimos salir de Dios, él nos dijo adiós con una enorme sonrisa, tal y como los padres permiten que sus hijos intenten la vida sin ayuda. Dios jamás nos ha obligado a estar de su lado, pero ello no significa su abandono. Dios jamás ha necesitado que creamos en Él para que Él pueda creer en nosotros.

Así que de corazón te digo que si crees o sientes que es momento de regresar, lo hagas, la Kabbalah me enseñó que basta querer regresar al camino para estar en él de nuevo. Regresar a él  es fácil porque nunca en realidad nos separamos, estamos siempre unidos a nuestra fuente creadora por fuerzas que obviamente no logro entender. Levanta la mano y dile que ya estás de regreso. Dile, háblale, demuéstrale, demuéstrale con tus pensamientos, con tus palabras y con tus actos que ya estás de nuevo en su casa, ya habrá tiempo para las penitencias, ya habrá tiempo para pedir perdón y arrepentirnos, lo que importa es estar con Él otra vez. No te preguntes dónde buscar, más bien sabe que basta buscar para encontrarle… sólo se ocultó para no intervenir en la libertad que él nos regaló, pero jamás se fue y mucho menos nos abandonó. No hagas caso de “demasiados tardes” no hagas caso de nadie, haz caso de ti y de tu necesidad de él, tú sabrás como demostrarle que estás de su lado, dale de beber a alguien que tenga sed, eso es estar con Dios, rezar es útil pero no lo es todo.

Hay quienes se adueñan de su amor creyendo que solo puede ser de ellos, el amor de Dios, de la Luz, del poder, como quieras llamarle, SU amor es de todos, te ama a ti como ama al pecador, como ama el devoto, como ama al sordo, al ladrón, al infiel, al impuro, al bueno, al malo, al puro y al impuro, te ama y me ama, nos ama, y sólo basta estirar la mano, para que Él la tome, la puerta está abierta, para cuando decidas regresar.


 
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